Chris Endsjö, El Prado Alumni y miembro de la promoción 22, nació y se crió en Madrid. Una vez finalizada su etapa escolar en El Prado, decidió recorrer el mundo trabajando y viviendo en zonas como Nueva Zelanda, Suecia, Alaska y Chicago. Actualmente, reside en Carolina del Norte con su mujer y sus 4 hijos. Además, Chris compagina su vida profesional con la escritura. Autor de varios libros como Johnny Zapatos, acaba de publicar su última novela, El Refugio de Arthur Flynn.
¿Qué es más arriesgado, ganarse la vida en una mina, en un andamio, atendiendo a clientes hora tras hora en una oficina, en un bar, en un bosque de Suecia… o escribiendo?
Trabajar no es arriesgado, lo arriesgado es quedarse en casa y no hacer ninguno de esos trabajos por desidia, por miedo a fracasar, o por cobardía al qué dirán. La vida da muchas vueltas (¡eso es lo que la hace tan fascinante!), yo he tenido la fortuna de hacer muchos trabajos y muy distintos, sobre todo al comienzo de mi carrera. No me he arrepentido de ninguno de esos trabajos, y de todos he aprendido algo. Los últimos 20 años los he pasado trabajando en la importación y exportación de madera en EEUU y es un trabajo que me fascina. Escribir es algo que disfruto tremendamente, por eso nunca podrá ser calificado como “trabajo”, aunque me dedicara a ello a tiempo completo, siempre será un hobby.
¿Cuánto tiempo le dedicas a escribir?
Me gustaría decir que todos los días empleo el mismo tiempo, pero desgraciadamente eso no es posible. Generalmente me siento frente al ordenador de 5.30 de la mañana hasta las 7, hora en la que hay que levantar a los niños. No solo es diferente el tiempo que dispongo dependiendo de las vicisitudes de mi trabajo (viajes y picos con mayor carga de trabajo), pero también de la fase de la producción en la que me encuentre; no ocupo la misma cantidad de tiempo al comienzo de un libro que cuando estoy llegando al final. También hay momentos (semanas a veces) en las que tengo que dejar de darle a la tecla porque me he metido (a mí o al protagonista de la historia) en un callejón sin salida del que se necesita un parón y un cambio de perspectiva antes de continuar avanzando con la historia.
¿Planificas las historias al detalle antes de escribirlas o las dejas surgir sobre la marcha?
Nunca las planifico al detalle. Eso le quitaría la gracia y la diversión a escribir un libro. Yo como autor tampoco sé a ciencia cierta hasta que he terminado de escribir el libro qué es lo que el protagonista va a hacer o con qué situaciones se va a encontrar. Eso va ocurriendo sobre la marcha al tiempo que avanzo con las historias y es la parte más gratificante de escribir una novela.
¿Algún consejo para los que se planteen desarrollar su vocación literaria?
Les diría que no tengan miedo ni vergüenza. Que se armen de paciencia y que no enseñen su trabajo a nadie hasta que esté terminado. Que se remanguen la camisa y terminen el primer borrador de su manuscrito antes incluso de decir a cualquier persona que están escribiendo un libro. Después ya habrá tiempo de pedir ayuda y consejo.
¿Cuál es tu parte favorita de la escritura: el chispazo creativo, la documentación, la improvisación… acabar?
El chispazo creativo que va de la mano con la improvisación. Me fascina empezar con un título o con una situación y empezar a escribir sin saber a dónde te llevará la historia y sobre todo comenzando a escribir sin personajes y ver cómo poco a poco personajes e historia van cobrando vida propia.
¿Cuánto hay en tus libros de autobiografía?
Absolutamente todo. No hay una sola frase, palabra, coma, punto, nombres de personajes o lugares que no esté íntegramente vinculado con mi vida.
¿Cuál es tu mejor recuerdo del colegio? ¿Y el peor?
Hay demasiados recuerdos como para enumerarlos aquí: El equipo de balonmano de don Pedro, el olor a pipa por los pasillos del pabellón, el canto de las flores a María en la ermita en el mes de mayo, el Cerilla desgañitándose con su voz afónica exhortándonos a correr más rápido en la prueba de 1.000 metros, el sabor a tiza de la fuente de las canchas de balonmano, el “tiempo-y-modo si existe…” del Petro, la primera vez que nos colamos en el vagón de la locomotora donde el chino daba sus clases de dibujo, don Primitivo y el Pescador de otros mares en el oratorio… son muchos recuerdos. Todos buenos.
¿Quién fue ese profesor(es) de El Prado que te dejó el mejor recuerdo?
Sería injusto mencionar a uno y olvidarme de todos los demás. Cada uno de ellos puso su granito de arena para enseñarme a navegar. Pero si he de mencionar algún nombre, el primero que viene a mi mente es el de Agustín Velázquez.


